miércoles, 23 de enero de 2013

El día a día y la burocracia


Se me come. Primero, que si el primer trimestre es el más duro, que si hay mucha más faena que el resto, que preparar la Navidad y el fin de trimestre te deja baldada… Mil excusas, pero el resultado siempre es el mismo: los días de descanso te los pasas en la cama porque no puedes ni caminar.

Eso conlleva que el segundo trimestre ya lo empiezas mal, porque entre reunión familiar y cama, no sientes en absoluto que hayas hecho el descanso mental que requiere hacer algo que te desconecte la cabeza de tus caderas y coxis doloridos. Y cuando te das cuenta… PAM! Ese maravilloso regalo burocrático que es parte de tu trabajo de acompañante de mentes infantiles: entrevistas con los padres, con sus consiguientes transcripciones al ordenador, ese gran amigo; e informes. Oh, los informes. Váyase al carajo el que los inventó. Seleccionar de una serie de frases las que consideras adecuadas para cada niño. Pero oiga, que yo convivo con ellos muchas horas. Muchas cosas son las que ves en sus ojos, las que experimentas con ellos, las que percibes, las que vives. Sus miedos, sus puntos flacos y todo su maravilloso potencial. No hay frases que me convenzan para dejar escritas que resuman todo lo que creo que es un niño. A parte de que no me gusta plasmar en un papel una idea que yo tengo de un niño, porque yo no soy dios y no me gustan las etiquetas. Los niños cambian y crecen, maduran a velocidades sorprendentes, te fascinan. No quiero escribir frases encorsetadas sobre ellos. Quiero hablar a diario con sus familias y poder dinamizar el cómo dirigirme a ellos en cada momento, intercambiar expresiones con los máximos responsables de su educación, los que me permiten acompañarles en ese camino. Odio profundamente el papeleo de mi profesión. Ala, ya lo he dicho.

Y claro, este tiempo húmedo y frío hace que el despertador sea como una cuchilla. Una cuchilla oxidada que se te clava en las cervicales y en cada vértebra que notas. Y marcas una rallita en tu celda cada vez que respondes “Bien” a la pregunta “Cómo estás?”. Porque no puedo resumirte cómo estoy. Porque no quiero tu mirada de compasión aunque me la des con buena intención. O porque no quiero tus pensamientos implícitos de condescendencia como si supieras qué se siente. Así que para no herir tus sentimientos ni los míos, créeme: bien. Aunque el invierno te encañone las costillas.