martes, 26 de marzo de 2013

Consejos


El dolor es un enemigo implacable. Nunca se cansa, no se desgasta como tú. Puedes pasar una buena temporada, creyendo que lo tienes a raya, que lo dominas. Pero sólo hace falta un día de debilidad, una semana tormentosa y húmeda, o el frío del día de carnaval clavándose en tus costillas, para que le vuelvas a ver las orejas. Y lo ves ahí asomado, con su eterna sonrisa. Tu desgaste se nota, pero él… Está cada día más fuerte y paciente, y sólo espera su oportunidad para susurrarte de nuevo que no tiene intención de marcharse ni de dejarte ganar.

Y a veces no puedes mentirle a la gente. Porque te ven cojear. O apretar los dientes en algunos gestos. O empastillarte como una House cualquiera (aunque ya me gustaría a mí conseguir vicodina de esa, yo me tengo que conformar con otras cosas). Y a algunos les cuentas un poco por encima que tienes ganas de arrancarte la columna. No con estas palabras, porque no es cuestión de que la gente piense que a parte de las taras físicas, también llevas unas pocas mentales.

La reacción suele ser una curiosa ristra de consejos maravillosos para solucionar de un plumazo tu dolor. Y tú que pensabas que tantos años lidiando con él te habían hecho una experta. Pues no, que no te enteras, que ya verás que bien te van a ir los consejos estándar que te suelen dar:


  • Haz natación. A algún familiar cercano de la persona que te está dando el consejo en ese momento le ha ido de fábula. Mano de santo, oiga. No hay nada igual. Tú los años que hiciste natación a diario la debías de hacer muy mal porque no te sirvieron de una mierda, pero bueno.
  • Haz yoga. Bueno, no vamos a entrar en porqué no puedo hacer yoga. Hacía yoga antes de operarme, no voy a discutir sobre los beneficios del yoga porque tengo amigas superencantadas y otras que se tienen que salir de la clase porque se les escapa la risa tonta. Pero, ¿alguien ha pensado que es una actividad de DOBLARSE y que yo no tengo vértebras y apenas puedo sentarme en el suelo un rato? Dejemos el yoga, mejor.
  • Acupuntura. Este es muy entretenido. Luego te encuentras en esos casos que te da pena la gente que te la aplica porque semana tras semana te preguntan qué tal, tú les respondes que igual, ellos te miran con cara de pena/esperanza y vuelven a preguntar, ¿pero ni un poquito mejor?, y tú al final les dices, por pena, que sí que sí, que dónde va a parar, que mucho mejor y que gracias ya pediré hora por teléfono. Y nunca más vuelves a aparecer. Porque no sabes si te dan más pena ellos que ya no saben qué hacer contigo ni qué decirte, o tú misma que vas a perder el tiempo y el dinero en algo que no te hace ni cosquillas. 
  • Fisioterapeutas. Y dentro de esta gama, masajistas varios con curriculums diversos. Dejémoslo en que la mitad no ha visto una escoliosis como dios manda en su vida, y operada, todavía menos. Así que yo, perdón por la tristeza, me mantengo fiel al mío, desde aquí le mando saludos, que sé que sabe lo que hace y cómo lo hace y cuando un buen día se jubile no sé qué será de mí. 
  • Haz, prueba, ve a, ponte, compra… Aquí cada persona con un dolor crónico con el que lleva tiempo conviviendo puede aplicar las variantes de todas las veces que alguien intenta darle la receta milagrosa. 

Todo esto es bastante frustrante para el receptor del consejo, pero dicho así es muy injusto para el que lo da. Primero, porque esos consejos muchas veces sí sirven de algo a mucha gente. Y segundo porque quien te da un consejo (tanto si te sirve como si no) lo hace de buena fe y con ganas de ayudarte aunque sea un poco. Es por eso que es bonito recibir la recomendación (aunque la hayas oído 30 veces o la hayas desechado ya hace mucho), sonreír y decir amablemente algo como: ya lo probaré, muchas gracias. Sobre todo porque está feo desmoralizar a quien te intenta echar un cable. Y porque oye, es cierto que a otros sí les ha servido, y a muchos otros quizá les sirva en un futuro.

Conclusión, que cada uno se conoce bien a sí mismo y después de tanto tiempo suele saber bien qué le hace falta, pero como nunca se sabe, es mejor escuchar y cuando estés animado, probar alguno de esos consejos mágicos. Quién sabe. Hoy puede ser tu día.

Por otra parte, como no quiero ser menos, al que sufra un dolor crónico asqueroso y persistente, también quiero darle mis propios consejos. Ya sabes, los recibes, pasas de mí, y me dices amablemente: sí, sí, lo probaré, gracias. Y luego ya haces lo que te salga de las narices, que para eso es tu dolor y lo manejas como quieres.


  • Conócete. Nadie mejor que tú puede anticipar las consecuencias de algunas cosas que hagas. Poner la venda antes de la herida a veces es la mejor solución. 
  • Disfruta. Aunque sea con la venda puesta y sabiendo que la necesitarás. No dejes de hacer nada porque luego te vaya a doler más. Tírate en paracaídas aunque tu familia se mosquee. Porque total, si algo sale mal ahí, va a dar igual tu condición física, vas a estar igual de jodido que otro. 
  • Déjate querer. Cómete el orgullo. Te lo digo yo, que no me lo trago nunca ni untado en mantequilla. Cuando alguna vez lo he conseguido, oye, sienta bien y todo. 
  • Cuida a quien te quiere. Nos volvemos insoportables. Y hay gente que está siempre ahí aguantándonos aun cuando no nos aguantamos ni nosotros. Cuando seas consciente de eso, cuídalos. Porque son la mejor medicina. La única manera sana de volver a levantarte. Y se lo merecen. 
  • Haz ejercicio. En la medida de lo posible. Quizá no nos sirva de una mierda, sobre todo por la inconstancia fruto del propio dolor, pero qué bien sienta una caminata en lugar del sofá cuando tu  cuerpo te lo permite. 
  • Ignóralo. Aun cuando te muerda a traición, cuando no te deje concentrarte, cuando haga que te zumben los oídos y no sepas ni lo que estás haciendo. Ignóralo y sigue adelante, porque lo único que quiere es que no ganes. No le dejes ganar. Mírale y dile que tú tampoco te rindes.

Y cuando no puedas seguir ninguno de los consejos, ajenos o propios, no te castigues. Tienes derecho a tu pataleta cuando te caes. Acuérdate de todos los santos que se te ocurran y maldice tu suerte. Pero esa autocompasión sólo te puede durar un ratito.

Porque no te sirve de nada. Así que después de la rabieta, sécate las lágrimas y levántate. Nadie puede hacerlo por ti, y estarás listo para dar unos cuantos consejos.