martes, 14 de mayo de 2013

Más feliz que tú

Después de leer el artículo de @pnique (gracias @amaterasu_nsólo puedo corroborar que llevo como el culo mi propia discapacidad. Soy una desagradecida con la vida y no tengo perdón por no aprender a convivir con mi puto cuerpo. Qué es lo que estoy haciendo mal? Qué es lo que me lleva a no aceptar lo que soy y disfrutar de ello? Porqué mis sombras no me guarecen, si no que me aterran?

Gracias @Carmesina, @pnique y @amaterasu_n

jueves, 2 de mayo de 2013

Ideas para convivir con el dolor

Me permito hoy traeros este artículo de la Vanguardia.
Gracias a universo18 por compartirlo en el foro


¿Tener cuentitis?
Hasta no hace mucho, los médicos pensaban que el dolor debía corresponder con un problema mesurable y diagnosticable con pruebas clínicas. Mario Gestoso recuerda que incluso en la facultad de Medicina les enseñaban que si a una persona le dolía la espalda debía verse algo en la radiografía. “Tenía que salir escoliosis, hernia discal, artrosis… algo. Y se le hacían pruebas hasta dar con la causa del dolor”. Sin embargo, en ocasiones, no daban con nada. “Entonces se le decía que era un cuentista, un exagerado, o un quejica. Y aunque puede que hubiera algunos casos así, en general, esos falsos mitos han hecho mucho daño a los pacientes con dolor crónico”, admite.
Eso es lo que le ha pasado toda la vida a Lucía Soriano, una chica de 31 años, profesora y aficionada al deporte. “Mi madre cuenta que desde que era bebé lloraba y me tocaba los tobillos y las rodillas. Me han hecho decenas de pruebas y nunca ha salido nada. Que si eran problemas de crecimiento, que si podía ser algún tipo de reuma, que si era hiperlaxa, para al final acabar diciéndome que no tenía nada. Son dolores fuertes, intensos, que me provocan incluso rigidez y hacen que no me pueda mover. Te sientes como un bicho raro, como si te estuvieras inventando el dolor. ‘Si no tienes nada, ¿por qué te duele?’ Es frustrante”. En muchos casos, considera Gestoso, dolores relacionados con la espalda, las rodillas o los tobillos tienen que ver con un excesivo sedentarismo. Eso hace que tengamos una musculatura débil que no cumple su función y no protege la espalda ni las articulaciones. “Antes se pensaba que cuando dolía algo lo mejor era el reposo. Ahora sabemos que todo lo contrario, que hay que forzarse a hacer deporte”, afirma. Pero también hay otro componente muy importante en el dolor, capaz de aliviarlo o, por el contrario, de intensificarlo. Son las emociones.
Cuando duelen los sentimientos
El dolor crónico avanza de la mano de emociones negativas, como la tristeza, la rabia, el enfado, que, a su vez, incrementan el dolor. Se han llevado a cabo numerosos estudios para ver de qué manera influye aquello que sentimos y pensamos en el sufrimiento y se ha visto que hay pacientes a las que les diagnostican escoliosis, hernia discal o lesiones como las de Marta Gutiérrez (citada al inicio de este reportaje) y que, sin embargo, no sienten dolor. Otras, en cambio, no parecen tener nada según los pruebas, pero viven en un estado de sufrimiento continuo. ¿Cuál es la razón que explica tal diferencia?
Jenny Moix es profesora titular de psicología de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y autora del manual Cara a cara con tu dolor. Técnicas y estrategias para reducir el dolor crónico (Paidós). Desde hace años, investiga las variables psicológicas implicadas en el proceso del dolor y la efectividad de algunas técnicas para tratarlo cuando deviene crónico. Para esta experta, “sentir más o menos dolor está relacionado con el estrés. Las personas invadidas por las emociones negativas sufren mucho más”.
Aquello que pensamos y sentimos afecta a nuestro organismo. Incluso en una enfermedad infecciosa ocasionada por un virus, como un resfriado, influye en la mente. Las emociones repercuten directamente en el sistema inmunitario, por eso aquellas personas que padecen más estrés, ansiedad, tristeza, tienen inmunodepresión, lo que hace que sean más proclives a enfermar.
Además, el estrés y la ansiedad pasan por muchas de las vías nerviosas que transmiten el dolor, de manera que, señala Jenny Moix, si estamos estresados, aunque sin quererlo, sensibilizamos las vías conductoras del dolor, lo que nos hace mucho más vulnerables. Es más, cuando experimentamos emociones negativas, los músculos se tensan y esa tensión también provoca dolor. Y como sentimos dolor, tenemos emociones negativas y así. Es realmente fácil caer en un círculo vicioso.
Por otra parte, cuando estamos sumidos en la tristeza, o en la rabia, o en la ansiedad, tampoco tenemos fuerzas para llevar a cabo el tratamiento que nos prescriben los médicos, como hacer deporte, seguir una dieta adecuada, o realizar ejercicios de relajación. De hecho, se ha comprobado que los enfermos con peor estado anímico tardan más en recuperarse. De ahí que en algunos países, como por ejemplo Estados Unidos –y a diferencia de España, donde la sanidad está altamente medicalizada–, el dolor crónico se trata por equipos formados por médicos y también psicólogos.
Poniendo soluciones
Cuando sentimos dolor, suceden diversas cosas. La primera es que el dolor capta toda nuestra atención y empieza a adquirir protagonismo. Y eso acaba repercutiendo en nuestras emociones. “Las zonas en que experimentamos el dolor en el cerebro están junto a aquellas que procesan las emociones, como el miedo, la tristeza o el enfado. Se ha visto que el dolor mantenido durante tiempo afecta a cómo nos sentimos emocionalmente”, explica Andrés Martín, experto en mindfulness (algo así como tener la conciencia plena), terapias de reducción del estrés y el dolor.
Es como si al dolor que sentimos, le fuéramos sumando capas. “Dolor y emociones se relacionan en una doble forma. Por un lado, el dolor afecta a las emociones, pero también como tú vivas esas emociones va a afectar al dolor”, señala Constanza González, psicóloga clínica (Sentit.es). “Si pienso cosas como ‘me voy a quedar así toda la vida, esto es lo peor que me puede pasar, este dolor no me deja hacer nada, soy incapaz de hacer nada…’ voy cargando al dolor con muchas cosas más, entonces me va a resulta difícil convivir con él“.
“Es que te hundes psicológicamente”, confiesa Marta Gutiérrez aquejada de lumbalgias. “Cuando tenía varias crisis seguidas, no me podía ni levantar de la cama, tenía que anular todos los compromisos sociales y entonces empiezas a pensar y entras en un bucle psicológico destructivo, muy negativo. Como te duele, te frustras; como te frustras, te duele más. Y de ahí no sales. Además –confiesa– empiezas a pensar que no vales para nada, que todo lo haces mal”.
Meditar
Por eso, una de las terapias más efectivas y que mejores resultados obtiene en pacientes aquejados por dolencias crónicas es la psicológica. “Lo que nosotros sentimos es sufrimiento y en ese sufrimiento está la sensación física pero también otras partes que tienen que ver con el proceso asociado con el dolor”, explica Martín, que añade: “Se trata de identificar todas esas piezas para que el dolor disminuya de intensidad. De esta forma, las personas comienzan a ser más funcionales y a hacer cosas que antes no podían”. Por ejemplo, algo tan trivial como volver a dar un paseo cada tarde, para personas aquejadas de fibromialgia o reuma.
Una de las herramientas que permiten identificar esos pensamientos negativos que amplifican el dolor es la meditación y en concreto el mindfulness o atención plena (véase texto adjunto). Se trata de una herramienta milenaria, que hunde sus raíces en el budismo y en la filosofía zen, y que ha demostrado que es sumamente útil para manejar ese cóctel en el que se mezclan dolor y estrés. Eso sí, es preciso que la persona le dedique un tiempo y se aplique con disciplina. Mediante la conciencia plena, la persona puede aprender a distinguir entre la sensación física y la emoción, entre los efectos de la acción y los de la reacción.
También las técnicas de relajación son muy efectivas. Jenny Moix (JennyMoix.com) imparte talleres sobre cómo lidiar con el dolor crónico en algunos centros de atención primaria de Catalunya y una de las primeras cosas que les enseña a los asistentes es a organizarse el tiempo. “En los países subdesarrollados, donde la gente hace trabajos deslomadores, no les duele la espalda. En Occidente, la lumbalgia está muy relacionada con el estrés, con el hecho de que vamos todo el día con la lengua fuera. En los talleres le enseñamos a la gente a destacar qué actividades son importantes para ellos, y cuáles podría delegar o dejar de hacer. En ocasiones ves a señoras de 70 años con lumbalgias que les irradian a las piernas y las hacen ir cojas y que les planchan las camisas a sus nietos. Y eso no puede ser”, explica Moix.
Otra de las cosas que aprenden los asistentes a estos talleres es a relajarse, porque así combaten el estrés, la ansiedad y el dolor. La relajación tiene muchas ventajas terapéuticas: facilita la distensión muscular, disminuye el dolor y proporciona una sensación mayor de alivio. A menudo, incluso reduce la frecuencia cardiaca y la presión sanguínea con la misma efectividad que un ansiolítico.
“Debemos entender y aceptar que el dolor es parte de nosotros. No hay que luchar contra él, ni tampoco resignarnos –explica Constanza González, psicóloga clínica–. Lo normal en la vida es que haya dolor, físico y emocional, que vaya llegando y se vaya yendo. La enfermedad forma parte de la vida, como la muerte, y si aprendemos a aceptarlo, ya le estamos quitando mucho peso a ese dolor, y haciéndolo más pequeñito”. Y entonces es más fácil convivir con él.