jueves, 22 de noviembre de 2012

Sagrer


Ya has entregado los papeles. Y es como si una larga despedida se hubiera iniciado ya, 7 meses antes de la hora. Como si la evidencia lo fuera ahora más que nunca. Como si hasta ese momento hubiera otra opción.

Te han arropado y acogido. Han conseguido que cada día sea un paréntesis. Que el camino que las separa de tu casa no sea en vano. Algunas han traspasado las barreras para hacerte encontrar algo más que una compañera. Te han arrancado sonrisas aun cuando el dolor te mordía implacable. Han convertido un edificio en tu casa.

Y ahora, tras entregar los papeles en los que las descartas de tu futuro, cada detalle salta ante ti. Y por eso duele más que el camino sea tan largo y tu cuerpo tan cabrón. Por eso duele más saber que ya no puedes aguantar el castigo que supone el desplazamiento diario. Por eso hoy, que te cuesta respirar porque muerden las costillas y has cojeado hasta el tren odias más que nunca quién tienes que ser. Duele el día a día y sabes que más cerca de casa dolerá mucho menos. Dolerá menos el cuerpo, pero faltaran las carcajadas arrancadas en cada comida, cuando el estómago se niega a vaciar el tupper de puro cansancio. Faltarán las complicidades, las confidencias y los sombreros de brujas. Faltará un Pin para este Pon. Faltarán cosas escondidas, coronas de 16 años y nits màgiques. Faltaran carnavales nocturnos, revetlles y shows navideños. A lo mejor te muerden menos las caderas y las costillas, aunque te morderá en el alma la nostalgia de este caos de escuela y sus habitantes.

A tu alrededor todo brilla y te señala la lista de escuelas entre las que no figuran ellas ni nada de lo que tienes hoy. Y te da más rabia saber que es tu cuerpo quien no soporta el vaivén del tren, saber que decide por ti y marca tu camino.

Las echarás de menos y todavía no se lo has dicho. Ya las estás echando de menos y aún ni siquiera lo sabes tú. 

viernes, 2 de noviembre de 2012

Asoma por tus ojos


Aprender a lidiar con todo. A reconocerlo y afrontarlo. Con el dolor físico. Con el orgullo. Con el daño emocional producido y recibido. Con el estrés acumulado. Con el trabajo pendiente que te llama a las 3 de la mañana. Con las ganas de gritar. Con la incompetencia ajena. Y la propia. Con las veces que no dices no. Con las veces que lo dices y te apuñala. Con las sonrisas falsas de tantos. Con los rastreros. Con el daño que otros hacen a quien quieres. Con el despertador a las 6 de la mañana clavándose en tus lumbares como una daga traicionera.

Con todo. Lo empujas, lo amasas, lo escondes y lo reduces a un cuadradito minúsculo para que no se escape nada. Te grapas la sonrisa. Sales a la calle. Nadie sabe qué hay en ese cubito.
Con todo menos con esto. Que no sabes ni lo que es. Es el abismo en tu pecho. Un vacío desde la garganta. Una opresión que no te deja respirar. Una apatía. Una lágrima que te sorprende sin que le hayas dado permiso para salir. Una desorientación. Un sinrumbo. Un terror que te atenaza porque no sabes dar el siguiente paso. Un latigazo.

Aún no sabes lidiar con la tristeza absoluta. La tristeza en estado puro, sin ningún motivo concreto y con miles posibles y probables. Con la tristeza que te abate y no te pregunta si te quieres desgrapar la sonrisa. Te la roba y no te dice porqué. Te la roba junto con el alma y te deja un agujero en el pecho con el que aún no sabes pelear.

Es cuestión de tiempo. Pronto podrás empujarla con todo lo demás y quitarle la capacidad de arrancarte las grapas. Aunque siempre asoma por los ojos.

@Carmesina